EL DUQUE DE LERMA, MAYOR CORRUPTO DE LA HISTORIA

 

 

Si hubiera una lista de los personajes más corruptos de todos los tiempos, seguramente el duque de Lerma la encabezaría. Sus desfalcos no tuvieron parangón y fueron de tal magnitud que llegaron a quebrar la estabilidad económica del imperio. Con la muerte de Felipe II, los sucesivos Austrias —llamados “menores”, Felipe III, IV y Carlos II— dejaron la administración en manos de los validos, quienes aprovecharon para lucrarse y cuya corrupción no halló fondo. El primero de ellos, el duque de Lerma (1553- 1625), elegido de Felipe III, fue el fundador de aquella escuela de ladrones, y se caracterizó por desfalcar sin ningún tipo de reparo: se apropió del caudal de los impuestos, los beneficios por el trigo de Sicilia, los tributos cargados a los nobles por sus títulos, el oro de América y cualquier otro patrimonio del estado, por entonces ingente, acababa en sus bolsillos. Al igual que el rey Felipe III, era adicto a los naipes, en cuyas partidas se apostaba las arcas del estado; cuando se quedaba sin caudal, solicitaba préstamos a los banqueros genoveses en nombre del imperio para seguir apostando. No obstante, su mejor maniobra tuvo lugar entre 1601 y 1606, cuando el rey, a propuesta de Lerma, cambió la capitalidad del imperio a Valladolid, donde el valido compró terrenos antes del traslado para revenderlos; dichos terrenos se revalorizaron tremendamente con la residencia real, y Lerma se volvió de oro con aquella treta, considerada el primer pelotazo urbanístico de la historia de España. Cuando esta jugada fue descubierta cinco años después, la capitalidad regresó a Madrid, donde repitió: compró terrenos y los revendió revalorizados tras el regreso. Durante esos cinco años, en los que Madrid perdió la capitalidad, la villa sufrió una notable crisis económica al no tener el atractivo de la residencia real y se hundió comercialmente, al igual que el resto del imperio, el cual vio iniciar un declive que se consumaría durante el reinado de los siguientes monarcas, Felipe IV y Carlos II. Los validos consiguientes —conde duque de Olivares y Luis de Haro— también destacaron por su corrupción, pero no serían ni la sombra de Lerma.